Quédate despierto cuando te estés quedando dormido.
Tu kavaná (intención) es simple y muy precisa: seguir observando mientras cruzas el umbral de la vigilia al mundo onírico.
Presta atención al instante exacto en que te entregas al sueño. Al principio, el sueño te vencerá antes de que llegues a darte cuenta de lo que está pasando. Pero si perseveras, llegará una noche en la que (sin avisar) lo verás.
Empezarás a quedarte dormidx sin “apagarte” del todo. Y podrás reconocer (y describir) los cambios físicos que aparecen en ese momento:
“Cuando me estoy quedando dormida, se me cierra la mandíbula.”
“Cuando me estoy quedando dormida, se me abre la boca.”
Esa es una señal. Quizá la tuya sea distinta. Lo importante es esto: no hagas nada con ello. Solo observa, con suavidad, hasta tocar ese punto de transición.
Prueba también por la mañana, al despertar, en lo que se conoce como hipnopompia. La noche anterior, repítete que quieres estar consciente del momento en que pasas del sueño a la vigilia. Observa las señales físicas… y observa también cómo el pensamiento empieza a invadir (o a borrar) las últimas volutas de imágenes oníricas que todavía están ahí. Intenta sostener ambas cosas a la vez: la lucidez que vuelve y el sueño que se desvanece. Sin prisa. Sin dejar que la conciencia diurna lo borre todo demasiado rápido.
(Todas las propuestas y ejercicios expuestos aquí, son una práctica. No comparto fórmulas mágicas)
- Fotografía: fuente desconocida.